Columna de Claudio Leveroni
jueves 08 de marzo de 2018
 
 

El alma del rugby

La misteriosa energía forma parte del ADN del rugby argentino, desde sus clubes hasta Los Pumas. Hugo Porta escribió y aclaró que Los Jaguares no tienen alma. 

 
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Los clubes tienen alma. Las mujeres y hombres que conviven dentro de estas magníficas organizaciones capturan y transforman en actitudes positivas la energía que genera tener un sitio de identificación y pertenencia. Los clubes son la familia que elegimos. Aprendemos a identificarnos con ellos a través de las personas, de sus colores, olores y costumbres. Elementos que, unidos, conforman la misteriosa definición de alma. No es el único ámbito que reúne esta condición. El rugby tiene alma, el país tiene alma. Nos contienen a través de valores y una identificación común.

Hugo Porta escribió un comunicado, que difundió a través de redes sociales, para aclarar la intencionalidad de sus declaraciones a un periódico de España en el que destacó, desde su experimentada observación, que Los Jaguares no tienen alma. Dada la repercusión que tuvo su consideración, y entendiendo que pudo ser mal interpretada, retomó el tema en estas nuevas líneas para destacar: “Me he referido a la falta de alma, por carencia de identidad de los Jaguares, no de quienes circunstancialmente los integren, es decir los jugadores”.

Los Jaguares son una franquicia de la UAR en un torneo internacional. Sus jugadores fueron formados en distintos clubes del país y están unidos a este equipo por ser amantes de la ovalada, profesionales y por sus extraordinarias aptitudes como deportistas. Mario Ledesma, en fina observación como flamante entrenador, destacó la necesidad de fortalecer la identidad del grupo para emparentarla con la manera de vivir el rugby que tiene nuestro país. Fue una forma de admitir que es necesario construir y fortalecer el alma de los Jaguares, su identidad y sentido de pertenencia. Es una construcción cultural que trasciende la voluntad personal de cada integrante del plantel. Lo es porque esa misteriosa energía positiva que trasmite el alma no admite una acción voluntaria, es espontanea, repentina. Asoma por sí sola, sin otro estímulo que colores, olores y personas que confluyen para ser el disparador natural que permite redoblar esfuerzos. Es lo que sucede con Los Jaguares cuando se transforman en Pumas. La celesta y blanca les impone otra responsabilidad, es un llamado con el peso de una enorme carga histórica. Son los colores de esa camiseta, es el himno entonado con puños y dientes apretujados sabiendo que están ahí representando al club, a la familia, a sus amigos, al rico pasado ovalado de nuestro país. Es un ámbito mucho más estimulante que el que ofrecen porristas, muñecos y adjetivos amplificados en el estadio como un spot comercial de poco vuelo. Nada más alejado que estas forzadas actuaciones para motivar a un deportista argentino. Posiblemente funcione en otras regiones, aquí no.

Ganando o perdiendo, Los Pumas siempre entregan una cuota extra de un gustoso sacrificio merecedor del reconocimiento general. Siempre fue así. Desde aquellos memorables partidos que Hugo Porta participó con su exquisita calidad, que lo instaló como el mejor 10 de su época, hasta la actualidad. En toda su historia Los Pumas siempre presentaron como parte de su ADN la particular actitud de entrega como un sello identificatorio muy propio. Y lo hicieron creciendo en su juego y logrando cada vez mejores resultados. En los tres primeros mundiales (1987/91/95) ganaron un solo partido y nunca lograron pasar la ronda clasificatoria. En los últimos tres mundiales (2007/11/15) llegaron dos veces a semifinales. En todos los mundiales el alma Puma estuvo presente.

 

 

   
 
 

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