sábado 29 de septiembre de 2012
 
 

El orgullo de pertenecer a la cultura maorí

Es el mejor seleccionado del mundo. Su éxito esta íntimamente ligado a la valorización que hacen de su particular y rica historia. La columna de Claudio Leveroni en la edición de Tocata de este domingo.
 
No hay ningún otro seleccionado de rugby que provoque tanta expectativa entre los argentinos como los All Blacks. Cada visita de los neocelandeses a nuestro país genera, como correlato, una enorme efervescencia que no tiene comparación. Ser el mejor equipo del mundo es, seguramente, su principal atractivo para configurarse en esa consideración. Sobran pergaminos que muestran esa condición. Se consagró campeón en dos de los siete mundiales disputados (1987 y 2011), obtuvo diez títulos con los que ha sido el más ganador del Tres Naciones, y ningún seleccionado lo supera en el mano a mano de los historiales. Sin embargo, su potencial deportivo esta lejos de ser la única característica que enciende semejante simpatía del público argentino. En la admiración al juego neocelandés también subyace una saludable envidia por la autoestima de quienes valorizan con gran orgullo las raíces de su pueblo originario. Los All Blacks exponen un folklore tan personal como particular cuyo mayor símbolo, el que sintetiza el haka, los muestra entregando algo que es mucho más que una danza autóctona. Quizás deba ahondarse en este aspecto a la hora de buscar una explicación a esa admiración que cosechan los All Blacks como representantes de un pequeño país, poblado por poco más de cuatro millones y medio de personas, montado sobre inestables islas volcánicas que tiene al rugby como deporte nacional. La tradicional danza maorí que precede cada encuentro esta muy lejos de ser una bravuconada, o una andanada de amenazas para amedrentar a su ocasional rival. Es un orgulloso grito que revindica la dignidad de sus orígenes, sus luchas contra el invasor y la soberanía política y cultural alcanzada. Con el haka los All Blacks sintetizan esos valores de la historia maorí y de la propia Nueva Zelanda.   Se potencian desde ahí, se los puede observar con la seriedad que encaran esos segundos de éxtasis. Lejos de renegar de sus orígenes culturales, o de ningunearlos, los exponen como una parte central de su formación como personas y naturalmente como jugadores. El resultado esta a la vista.

 

   
 
 

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