viernes 18 de mayo de 2012
 
 

La ovalada no se mancha

Las estadísticas no dan lugar a las dudas. La violencia en el rugby no se incrementó en los últimos tiempos. La columna de Claudio Leveroni que este sábado se publica en Tocata.

 

¿Qué hecho grave ha sucedido en las últimas semanas capaz de reinstalar, en algunos medios de comunicación, el tema de la violencia en el rugby? Ninguno que pueda asemejarse con lo ocurrido en Mendoza en abril de 2008 cuando, por la primera fecha del certamen Cuyano en el choque entre Teqüé y Peumayén, Juan Isuani, apertura visitante, sufrió doble fractura de mandíbula, producto de una trompada que recibió en medio de una gresca generalizada. Su agresor fue condenado, dos años más tarde, por la justicia ordinaria a un año de prisión en suspenso. Tampoco ocurrió lo que en Neuquén, también en 2008, durante el clásico entre Roca y Neuquén cuando el intercambio de trompadas y patadas dejó a un jugador con severa lesión traumática de la arteria vertebral que derivó en una isquemia cerebral y a otro, con un corte en el pómulo izquierdo de unos siete centímetros. Por suerte nada dramáticamente parecido a estos dos hechos sucedió en las primeras cinco semanas de competencia oficial en el rugby porteño. Nada que justifique un despliegue informativo que apunte a instalar la idea que transitamos por tiempos más violentos que los últimos años. 
Las protestas de jugadores, generalmente sancionadas con penales en contra o con exclusiones cuando es exagerada o se reitera, no parecen ser más habituales este año en comparación con temporadas anteriores. Si tomamos, como una forma de medir estas conductas, las tarjetas mostradas por los árbitros durante las primeras cinco jornadas del 2011 y 2012 tendremos como resultado que hay mejor comportamiento en la actualidad. Hay un dato que resulta determinante. Antes de ingresar a la sexta fecha de la primera rueda del año pasado el torneo ya tenía 5 expulsados y 101 amonestados. La misma medición en la actualidad entrega tan solo 2 expulsados y 103 jugadores que vieron la tarjeta amarilla. Superando la subjetividad de cualquier opinión este dato estadístico es el indicador que nos permite aseverar que no hay incremento en la violencia de nuestro rugby cotidiano. Inclusive, se podría interpretar desde estas mismas cifras, que hay una declinación de la intolerancia deportiva como resultado de la tarea constante y preventiva que muchos clubes desarrollan con acciones concretas para bajar la tensión de quienes juegan o asisten a un partido de rugby. En muchos partidos se ven carteles o se reparten folletos que resaltan la necesidad de respetar tanto a los árbitros como a los jugadores contrarios. Es una extensión del discurso que esos mismos clubes desarrollan puertas adentro en tarea formativa de sus propios jugadores. Son valores que no se degradan fácilmente, no se esfuman como si nada. Perduran y se revalorizan adaptándose a estos nuevos tiempos que vive el rugby argentino como parte de una sociedad más solidaria y equitativa.

   
 
 

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