viernes 01 de julio de 2011
 
 

La pasión recorre caminos que la razón no entiende

Descender, la sentencia tan temida, es la contracara de la gloria que representa un campeonato. Perder la categoría, en cualquier disciplina deportiva, es una situación dolorosa, triste, que hunde por igual, a protagonistas y simpatizantes, en una extraña y casi incomprensible depresión. La pasión es un sentimiento que no entiende razones. Los riverplatenses lo saben bien por estos días. También saben que el tiempo, seguramente, traerá revanchas y que los fracasos son los primeros pasos hacia el éxito futuro, siempre y cuando se valorice la experiencia que deja todo tropezón en la vida.

 

La pasión no es un sinónimo de violencia, o, si se quiere, la violencia no debería servirse de la pasión. Eso hicieron quienes le preguntaron a Pasarella si a River lo mandaron al descenso por orden del gobierno, como publicó el diario de mayor circulación; o quienes en la TV anunciaron muertos que nunca hubo en los incidentes después del partido. Ellos buscan que la pasión entregue sangre, que se canalice en forma violenta como finalmente ocurrió el domingo pasado. Alientan el dramatismo y hacen del descenso una tragedia como si fuera la desaparición misma del club, la muerte de su historia y de sus emblemas. El canal de noticias mostró hasta el hartazgo, como si se tratara de una frase de aliento para los jugadores o una parábola literaria de hinchas discepolianos, un trapo colgado frente a la concentración de River en Hindú que sentenciaba: “Matar o morir”. No es nueva esta morbosa relación de la muerte con la pasión. La suelen entrelazar quienes ven al deporte como una batalla en la que solo sirve ganar.
¿Qué es la pasión?. Podríamos encontrar infinidad de historias, anécdotas capaces de transitar un camino que permita llegar a descubrir el alma de ese sentimiento extraordinario que anida en las personas. El rugby tiene muchas de esas historias. Por ejemplo, el descenso del CASI a la segunda división a comienzos de los años noventa. Aquella situación generó tanta angustia en un grupo de socios que los llevó a consultar a una vidente. La mujer les dio una respuesta precisa para encontrar una explicación a semejante campaña: "Hubo un trabajito, se hizo un maleficio" sentenció, y después indicó los pasos a seguir. Para salir del embrujo, era necesario que dos socias roben un enano de un jardín del barrio y lo entierren en un ingoal. Así se hizo y, continuando con las indicaciones de aquella vidente, cuando se logró el regreso a la categoría superior, mientras todos festejaban, algunos jugadores lo desenterraron y le cortaron la cabeza. Eso garantizaría que nunca más se iba a descender. Ese enano descabezado, en la actualidad, esta guardado como si fuera uno de los trofeos del CASI.
Ésta anécdota, como tantas otras que nutren el mundo deportivo, es una anécdota que solo se comprende desde ese sentimiento pragmático e irracional como es la pasión. Sus protagonistas debieron sentirse tan partícipes como los jugadores que lograron el regreso del CASI a la máxima categoría. Ellos interpretaron los hechos y, con la intención de revertir el fracaso, actuaron con la fuerza que les dio su pasión de hinchas.

   
 
 

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