Opinion
sábado 02 de noviembre de 2013
 
 

Paradigmas de la posmodernidad

El año termina desnudado una crisis en Los Pumas. Para capitalizarla se impone analizar sus orígenes y relación con los tiempos que corren.

 
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El rugby argentino va dejando atrás un año que lo ha sacudido, particularmente, a nivel nacional. Bajo una mirada rápida, superficial si se quiere, se observa que la temporada más floja de Los Pumas en años dejó como coletazo final la renuncia de su entrenador principal. Sin embargo, los argumentos que dio Phelan para alejarse del seleccionado desató una polémica con aristas tan particulares que impulsa pensar que esa determinación no la habría cambiado, ni siquiera, una mejor performance en la última edición de la Championship. Posiblemente Phelan detectó su malestar con anterioridad a estos días y propuso darse un plazo en busca de una posible recomposición. Quizás, desde ahí se entienda porque planteó que la renovación de su contrato, después de Nueva Zelanda 2011, sea tan solo por dos años.

 

El conflicto deja ver tres planos distintos pero entrelazados: el social, el político y el estrictamente deportivo. Para desmembrar el primero se puede recurrir al sociólogo polaco Zygmunt Bauman, uno de los pensadores más audaces e influyentes de nuestra época, que en su libro Daños Colaterales dedica un capítulo a analizar como la modernidad ha roto contratos de confidencialidad en los vínculos humanos. Un proceso que arrancó a principio de los años 80 con la modalidad de hacer público lo privado, exponiendo secretos y miserias de las pertenencias más íntimas de las personas para ser expuestas como parte de un espectáculo masivo o en la creencia que se trata de información valiosa. La renuncia de Phelan se enmarca en estos nuevos paradigmas culturales a los que hace referencia Bauman. Expone que se rompieron códigos internos, es decir se traicionó ese contrato de confidencialidad implícito que existe entre personas (el plantel y staff de entrenadores), dentro del grupo. Datos confidenciales que se hicieron públicos a través de distintos medios.

El plano político nos hunde en los intrincados procesos internos de la UAR de los que no están ajenos intereses externos. Los fondos que hoy maneja la Unión Argentina superan los cien millones de pesos anuales (eran tan solo 14 dos años atrás) representando un elemento de poder sumamente tentador para alentar pujas que antes eran menos vehementes. La disputa ya no es más una puja de poder entre interior y Buenos Aires, ni tampoco amateurismo o profesionalismo. Hoy están en juego modelos antagónicos referidos a como proyectar el rugby argentino. Los sectores más conservadores, que ya resignaron luchar en contra del profesionalismo, proponen limitar los horizontes del crecimiento social. Temen que la masificación contamine los valores tradicionales del rugby. Los más evolucionados proponen el camino inverso, buscan que paulatinamente el rugby amplíe sus fronteras incorporando más jóvenes a todos sus clubes.

En el plano deportivo la salida de Phelan adelanto un debate pensado para más adelante.  Los Pumas deben evolucionar en su juego, algo que no lograron este año. Graham Henry en esta segunda temporada no pareció aportar algo más a lo ya visto en la anterior. Marcelo Loffreda pareció surgir como el referente con mayor consenso , pero ni siquiera el apoyo de Agustín Pichot pudo destrabar la oposición que tiene el entrenador con los mejores resultados en la historia de Los Pumas entre algunos representantes del interior que están dentro del Consejo de la UAR. Los Pumas volverán a tener, como en los tiempos de Alex Willie, un entrenador extranjero cuyo nombre aún no se conoce.

   
 
 

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