Opinión
viernes 30 de noviembre de 2018
 
 

Dos postales, dos caras del deporte

El rugby y el fútbol tuvieron protagonismo central el último fin de semana.

 
Aguarde un instante...

Nada extraño, la fiesta estuvo a la altura de lo esperado. Alumni - Hindú protagonizaron la final del torneo de clubes de rugby más importante de América con la presencia de casi 10 mil espectadores y ningún policía. Es una frase recurrente que repetimos desde hace quince temporadas, para esta fecha, en estas páginas. Este año la clausura del campeonato tuvo un brillo particular producto del grosero contraste que representó la postal que entregó el futbol con la frustrada final de la Copa Libertadores.

Para alcanzar una valoración real, evitando caer en un sobreactuado chauvinismo, es necesario colocar en contexto ambos escenarios. Ningún deporte tiene mejor calidad de personas que otro. Todos asistimos a eventos que están condicionados por la estructura cultural que esas disciplinas deportivas han cultivado a lo largo del tiempo. Bajo este concepto el rugby cosecha lo que sembró durante años, ratificando que el deporte forma personas. La competencia deportiva es un desafío de superación personal y grupal, y el adversario alguien que coopera para medir esa evolución. En este contexto, la pasión por el deporte que abrazamos es el combustible que permite mantener vivo ese deseo de superación. No hay nada más placentero para un deportista que superar su propia marca. Ahí encontramos la raíz motivacional que lo lleva a invertir centenares de horas de su tiempo en esfuerzo y entrenamiento. Puestos como espectadores, habiendo pasado o no por la experiencia de la competencia, nos surge la necesidad de trasmitir la esencia de esos valores a las nuevas generaciones. Desde ese lugar aparece también la recompensa visual de apreciar el deporte en toda su belleza como una expresión artística. Esto sucede con todas las disciplinas. En algunas pocas, y aquí aparece el fútbol, se ha corrido el eje troncal de esta esencia deportiva. El adversario se ha transformado en el enemigo a quien se debe derrotar como sea. Visto así, la pasión transformada en fanatismo, es un combustible que potencia la idea de aniquilar al otro. El triunfo ya no es la superación propia, sino la derrota de quien está enfrente. En su proyección este concepto invade todo, deportistas y espectadores. El fútbol ha retrocedido en el tiempo para transformar sus partidos en pequeños y múltiples escenarios de guerra. Ser la expresión cultural deportiva más popular le permite tener salvoconductos que tarde o temprano lo devolverán a su esencia, formar personas.

   
 
 

Compartí