Opinión
viernes 10 de mayo de 2019
 
 

La evolución y el aprendizaje nunca se detienen

Una sucesión de hechos trágicos ocurridos en 2016 motorizó cambios en el scrum. El balance en estos días.

 
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La muerte de Jerónimo Bello ocurrida el último martes hundió en un lamento solidario a la familia ovalada. El pilar del SIC, que hoy cumpliría 26 años, sufrió un accidente en un scrum que lo dejó cuadripléjico. Ocurrió durante un encuentro jugado ante Newman en septiembre de 2016. Aquella fue una temporada marcada por situaciones similares. La de Bello fue la tercera lesión cervical grave de ese año ocurrida en nuestro país, todas producidas en el derrumbe de un scrum. La UAR reaccionó instrumentando reglas propias para esa formación. Lo hizo después que un grupo de especialistas analizara la situación. El scrum es una formación emblemática de nuestro deporte, y la selección argentina supo mostrar durante muchos años con orgullo que ese era el mayor distintivo en su juego. Los Pumas ganaron prestigio por la fortaleza de sus delanteros en esa formación.

 

Como pocos deportes el rugby ha ido evolucionando a través del tiempo adaptando las reglas del juego a la dinámica que impone cada época. Desde su nacimiento fue adecuando modificaciones para amenguar el riesgo físico, cuidando a sus protagonistas al tiempo que fue ratificando un concepto, el rugby es un deporte de destreza individual y colectiva que se juega con las manos.  La velocidad de esos cambios no siempre estuvo a la par de la velocidad que imponían las tendencias, una en especial, la preparación física de los jugadores. Esta característica de época ha sido determinante para señalar el camino de cambios reglamentarios que se direccionan hacia un menor contacto físico de riesgo. La fuerza de empuje en un scrum de los años 70 es mucho menor a la actual. Controlar su vehemencia fue una tarea encarada por la UAR a partir de los hechos del 2016. Un informe daba cuenta que los colapsos en esta formación fija eran casi nueve (8,6) por partido tres años atrás. Desde entonces se implementó la tarjeta amarilla agravada, se trabajó con entrenadores para fortalecer el criterio de lealtad en el empuje, hubo preparación especial para primeras líneas, se habilito al juez de línea para que asista al árbitro en cada scrum y se limitó el empuje (será liberado a partir de junio). Después de dos años los colapsos en el scrum descendieron a menos de la mitad (3,8) en cada encuentro y no hubo lesiones graves. El aprendizaje no concluyó porque la evolución es permanente y siempre plantea conflictos.

   
 
 

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