Columna Claudio Leveroni
viernes 07 de julio de 2017
 
 

La Federación que no fue

La creación en 1981 de una Federación de Rugby en nuestro país pareció adelantarse en el tiempo. El desafío le permitió a la UAR iniciar un muy lento pero progresivo proceso de autocrítica.

 

Durante un período de pocos años la UAR tuvo una incipiente competencia en una organización paralela que intentó constituirse a nivel nacional. Fue a principio de 1980 cuando Miguel Mancini, que desde 1973 presidía el Club Obras Sanitarias, anunció la creación de una Federación (FEDAR) capaz de avanzar hacia un rugby que vaya aceptando ciertas formas de profesionalismo. Justamente, el club de Núñez había sido suspendido dos años antes por el Consejo Directivo de la UAR por violar normas del estatuto que fijaban la condición de amateur para la práctica del rugby.

Si bien aquella intentona de crear un nuevo marco institucional para el rugby se derrumbó a los pocos años, fue sumamente útil para generar un debate interno que sirvió para comenzar a sortear algunas murallas que hacían del amateurismo un principio sectario que le impedía al rugby ampliar su base de sustentación. Uno de los ejemplos de aquella implacable rigidez de la UAR para sostener el cerrojo a cualquier tipo de ingreso económico con el rugby, tuvo su extremo más injusto en 1972 cuando sancionó con 6 años de suspensión para vestir la camiseta de los Pumas a Héctor Silva. El octavo de Los Tilos y capitán del seleccionado argentino fue castigado por participar en un aviso publicitario, pese a que donó sus honorarios para que en el vestuario de su club los jugadores tuviesen agua caliente.

La FEDAR, presidida por Martín Azpiroz, un ex jugador de Obras Sanitarias (integrante del plantel campeón en 1953) y del seleccionado argentino, fue fundada el 17 de junio de 1981 por seis clubes: Obras Sanitarias, el Centro Municipal de Educación Física de San Martín, el Colegio Guadalupe, el Club Atlético San Miguel, Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó y la Escuela de Educación Técnica Nº 5 de Morón. En los dos años siguientes a su lanzamiento la nueva Federación logró la afiliación de más de una veintena de equipos, entre ellos San Isidro Rugby, el Instituto Eccleston, la Escuela Municipal Raggio, Facundo Rugby, la Universidad de Belgrano y otros provinciales como el Club de General Pico de La Pampa que venía a competir cada 15 días a Buenos Aires donde se encontraban la mayoría de los equipos participantes de los torneos que organizaba la FEDAR.

La casi totalidad de los clubes de rugby se mantuvieron dentro de la UAR. Obligados por las circunstancias de crecer o desaparecer, y al mismo tiempo queriendo mostrar amplitud en el campo social, los dirigentes de la nueva federación invitaron a varios clubes de fútbol para que incorporen al rugby entre sus disciplinas. Aceptaron el convite, entre otros, Independiente, River, Ferro, Vélez y Talleres de Córdoba.

La UAR se vio finalmente beneficiada por toda esta movida. Ganó en forma demoledora la pulseada al ser ratificada por los clubes como su máxima autoridad. Aquellos que la cuestionaron sufrieron consecuencias internas como sucedió con la Universidad de Belgrano que tuvo la deserción de muchísimos rugbiers que no aceptaron jugar para la FEDAR y terminaron creando el rugby en Banco Provincia para, años más tarde, hacerlo en el Club Vicente López. Pero, lo más importante es que la UAR se benefició porque a partir de esta crisis surgieron dirigentes y destacados jugadores en actividad, que comenzaron a ser críticos de las políticas cerradas y sectarias que mantenía. Lo hacían sin sacar los pies del plato, buscando acelerar un proceso de cambios que adecuen al rugby argentino a los tiempos por venir. 

En 1995, catorce años después de la creación de una Federación de rugby que aceptaba clubes polideportivos y miraba sin cargar culpas el profesionalismo, la IRB puso en marcha el rugby rentado. Al año siguiente la UAR también asumía como propia la determinación.

 

   
 
 

Compartí

 
 
 
 
 
 

Otras de Columna de Claudio Leveroni