Opinión
viernes 20 de noviembre de 2020
 
 

No fue un milagro

No había demasiados elementos que hicieran pensar en la posibilidad cierta de un resultado favorable ante el mejor del mundo.

 
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Todas las variantes para analizar, en una evaluación previa al cruce con los All Blacks, eran negativas. Los Pumas venían de un rotundo fracaso en el mundial, arrastraban 13 meses sin ninguna competencia, sin Súper Rugby, con éxodo de jugadores, con bajas de habituales titulares por lesiones o voluntarias, con un lote de ellos sumándose al plantel dos semanas más tarde y haciendo aislamiento por la cuarentena. Además, se sumaba a este complejo panorama un debut en la Champioship con el rival más poderoso que llegaba con un calendario competitivo más adecuado y entregando altísimo rendimiento ante Australia dejando su sello de calidad con un score tan amplio como histórico en una de las últimas presentaciones (46-5). Solo podíamos esperar eso que socarronamente nos endilgan quienes se ufanan de nuestra pasión por la ovalada, una derrota digna. Finalmente, esa definición quedó para los maoríes. Los Pumas hicieron trizas toda lógica y mostraron un rugby tan bello como eficaz para dejar la primera sentencia favorable en 44 años de competencias con los All Blacks.

 

Analizar porque Los Pumas alcanzaron ese extraordinario rendimiento es una tarea con ciertos riesgos. Se pueden cometer excesos de consideraciones construidas desde el altar del conocimiento. Muchas veces las cosas son porque sí. Pero, este cronista se niega a aceptar esto último como una explicación. El triunfo de Los Pumas se construyó con herramientas varias que tampoco pueden sintetizarse en rótulos señalando que la adversidad es un estímulo que agrandó siempre al seleccionado argentino. Falso si pensamos en lo ocurrido en Japón 2019, o como también sucedió en los tres primeros mundiales (1987-1991 y 1995) con nueve partidos jugados y un solo triunfo.

 

Visto así hurguemos en consideraciones. Los 13 meses de inacción competitivo estimularon el hambre de revancha, considerando la última imagen que habían dejado Los Pumas. Hubo una reflexión de Nicolás Sánchez después del triunfo ante los All Blacks que podría extenderse a varios jugadores más del plantel. “Cuando me subí al avión de regreso al país, después de Japón, pensé que nunca más me pondría la camiseta de Los Pumas”, se sinceró el apertura autor de todos los puntos en el 25-15. Revalidar pergaminos fue una tarea asumida por el grueso del plantel.

 

Otro elemento que no se puede obviar en la búsqueda de respuestas para explicar el rendimiento argentino del último sábado es el regreso de Marcelo Loffreda al staff de entrenadores. Es una observación que no intenta ningunear la sapiencia de Mario Ledesma, quien carga con un extraordinario bagaje relacionado con el conocimiento del rugby en su más alto nivel competitivo. Su déficit, al menos lo visto en Japón, estuvo relacionado al manejo del grupo humano.

 

Loffreda, además de la experiencia de haber participado al frente de Los Pumas en un proceso de siete años, con dos mundiales (2003 y 2007) teniendo al último como el más exitoso de todos por juego y posicionamiento final (tercer puesto), agregó equilibrio a las relaciones personales entre el grupo y sus conductores técnicos. Hay cierta dosis de sabiduría en este último rubro que es difícil encontrar. Se trata de liderazgos que se ejercen desde afuera de la cancha y no por arrebatos de personalidad, sino por una paciente construcción de interrelaciones. Loffreda heredó en 2000 un grupo de jugadores con personalidades muy fuertes que había logrado armonizar el extraordinario genio de Alex Wyllie. Aquel All Black hizo de las individualidades un equipo formidable que, con los años, fue creciendo con nuevas figuras y tocó techo en 2007 ya con Loffreda en la conducción técnica.

 

Debe haber muchas más razones para explica el despertar Puma del sábado pasado. Los Wallabies son la prueba ahora. Es lógico entender que el rendimiento no sea tan alto como lo fue ante Nueva Zelanda. De repetirse estaremos ingresando en una etapa evolutiva inédita en el rugby de elite argentino.

   
 
 

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