Opinión
viernes 16 de noviembre de 2018
 
 

Sanciones exageradas, una lección no aprendida

Un jugador de CUBA suspendido por más de tres años.

 
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Las sanciones disciplinarias relacionadas con las inconductas de los jugadores deberían ser un correlato del mandato que tiene el rugby como formador de personas. Además de señalar las incorrecciones, ratificando principios que envuelven a una competencia en el mundo ovalado, las sanciones deberían servir como un elemento inclusivo y no expulsivo.

A principio de este mes trascendió la suspensión que recayó sobre el wing de CUBA Tomás Passaro, castigado por el tribunal de disciplina de la URBA con más de tres años de inhabilitación, por haber pegado una patada a un jugador de Newman al querer desprenderse del tackle. Con 22 años Passaro recibe un castigo que lo alejará por un tiempo demasiado prolongado del deporte que eligió. ¿Qué se busca con semejante condena?, ¿acaso se trata de infundir temor a los demás jugadores como si el miedo fuese una regla adoctrinadora que se puede aplicar, inclusive, sacrificando a quien cometió un error? El rugby debe defender la valiosa plataforma de valores que despliega sin abandonar nunca su perfil formativo. Debe sostenerlos con la sabiduría acumulada en sus más de 100 años de recorrido histórico. En ese devenir ya parecía superado aquel fallido y ridículo síndrome de la expulsión centenaria, y hasta aquella otra de los años setenta contra Hector “Pochola” Silva por haber hecho una publicidad de un bálsamo. El extraordinario capitán de Los Pumas, formado en Los Tilos, sufrió una de las más injustas sanciones que se recuerden. La mano dura contra el profesionalismo que reinaba en esos tiempos, lo alejó durante seis años de las canchas. Si, seis años. Ni siquiera se tuvo en cuenta que lo cobrado por Silva en aquella publicidad lo donó para mejoras en los vestuarios de su club. Un pensamiento que aborda a este cronista mientras deja escapar estas líneas, es que la UAR todavía está a tiempo de una reparación.

Un castigo exagerado en el tiempo promueve el abandono del sancionado, atenta directamente contra los valores intrínsecos que anidan en nuestro deporte. Lo confina al destierro del rugby. Las sanciones deben existir, pero deben ser parte de una enseñanza que apunte a la inclusión del sancionado. Se podría apelar a otros recursos más humanistas, como una prabation, que también comprometa al club. Es necesario explorar nuevas ideas, innovaciones que permitan fortalecer el lazo del rugby con sus valores, sin excluir de ellos a un solo jugador.

   
 
 

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