Opinion
viernes 11 de agosto de 2017
 
 

Vicios de época

La patada alta a cargar. Un recurso recurrente de estos tiempos más espectacular que efectivo.

 
Aguarde un instante...

El rugby es un deporte que, entre otras características, basa su diseño de juego en el traslado de la pelota con las manos. La utilización del pie debería ser tan solo un recurso, una resolución estratégica ligada al momento que recorre el equipo que posee la pelota. Sin embargo, hay una modalidad que desde hace tiempo se ha transformado en un hábito cada vez más frecuente y, no en pocas oportunidades, su utilización choca contra la lógica de cómo debería haber continuado exitosamente la secuencia del juego.

Una patada táctica desde la zona propia de 22 metros es un recurso tan clásico como comprensible. Es una resolución defensiva que intenta alejar el juego del ingoal. Lo podría ser también fuera de esa franja y en campo propio. Pero, el concepto cambia cuando la determinación de usar el pie se realiza cruzando la mitad de cancha, en terreno adversario. Ahí, se requiere de una observación más fina de quien toma esa decisión, asumiendo que está arriesgando la posesión de la pelota que, en esos momentos, representa el esfuerzo de todo el equipo por haberla conseguido. Es aquí donde aparece un punto crítico del juego, la toma de decisiones resulta ser determinante en la estrategia de un equipo para desarrollar la planificación elaborada previamente. El rugby es un deporte que expone la solidaridad y el trabajo en grupo como eje de cualquier plan de juego. La individualidad nunca está por sobre el conjunto.

Transitamos una época marcada por la exagerada utilización de un recurso que se transformó en hábito. Lo vemos permanentemente en los partidos de los torneos locales y en Los Pumas. Las patadas altas, ejecutadas con la intención de incomodar al rival aprovechando la carga del propio lanzador o algún compañero. A los ojos de este cronista resultan ser, en la mayoría de los casos, una situación de gran riesgo físico y de poco comprobable beneficio en el desarrollo del juego. En ocasiones termina generando todo lo contrario a lo buscado.

Debería valorarse más la posesión del balón. Desprenderse de él, entregarlo buscando el error del adversario en su recepción, desnuda limitaciones propias en la búsqueda de quebrar la línea defensiva rival jugando con las manos. En el rugby la utilización del pie es un recurso. El desafío es mantener la pelota viva, hacerla circular con precisión, velocidad y alternancia de jugadores. No parece tener mucho sentido conseguir, trabajosamente, la pelota en una formación para después lanzarla en las alturas y volverla a dividir. Es más bien una contradicción estratégica, un vicio de época y en ocasiones una determinación de satisfacción más individual que de conjunto. 

   
 
 

Compartí